nos unimos al ritmo de frenesí.

La agarré del pelo con tanta fuerza que hizo un amago de un grito ahogado en dolor. Ella se aferró a mí y me arañó la espalda. Noté la sangre corriendo entre sus dedos, y lenta y pegajosamente, fue deslizándose por mi espalda. La apreté contra mí, con tanta fuerza que dio una exhalación brusca que entró por mis oídos y llegó a mi corazón, haciéndolo bombear de forma delirante. Alcé la vista hacia el techo y puse los ojos en blanco a la vez que nos movíamos, con frenesí, con premura, como exigiéndonos un mayor contoneo de nuestros cuerpos, como si al haber empezado ese ritmo frenético fuese imposible parar.

Tras haberme observado desde la ventana, Nadia entró en la casa y se colocó sobre mí. Sin decir palabra, sin mostrar nada en su rostro frívolo y superficial. Me miró con desdén antes de ajustar sus caderas sobre mis piernas, mientras que yo, sentado, la observaba con atención. Fue en el instante en el que noté el calor de su sexo a la vez que el mío penetraba en ella cuando me di cuenta que sería mía para siempre, que nos habíamos unido por fin y que jamás, nada nos volvería a separar. O eso creí yo, durante poco tiempo...

5 comentarios:

  1. Esa forma de hacer el amor no puede ser buena a largo plazo. Aunque mejor morir así que de dolor de corazón.

    Un muá(h) y un sugu de limón!

    ResponderEliminar
  2. Lo cierto es que todo es bastante efímero...
    Un beso ^^

    ResponderEliminar
  3. Wow, eso sí que es sexo salvaje y lo demás son tonterías.

    Un beso

    ResponderEliminar
  4. Nada como el sexo salvaje para ahogar las penas.
    Un Beso :)

    ResponderEliminar